miércoles

NIÑO BONITO


En la fría noche la humedad condensaba los vahos de las respiraciones y los convertía en millares de pequeñas gotas que se deslizaban detrás de los cristales de coches y ventanas. La gente transitaba con sus abrigos largos bien abrochados, las bufandas rodeaban sus cuellos y todo un universo de gorros, gorras y sombreros escondían las cabezas de la mayoría de transeúntes que andaban con cierta premura para llegar a sus casas o para meterse en algún bar y tomar algo que les calentase los destemplados cuerpos.

Un joven abrió la puerta del Classic, un bar al que nunca había acudido antes, pero que le pilló de mano camino a algún lugar.

—Un café doble bien caliente, por favor —le pidió al camarero.
—¿Un café? Inmediatamente caballero. ¿Lo va a querer doble tipo americano, o dos expresos en taza grande?
—Si, mejor dos expresos, gracias.
—Ahora mismo señor.

Aquel camarero parecía sacado de otra época, era un hombrecillo extremamente delgado y con un fino bigote ajustado a su labio superior. Le dio la impresión de que ese joven no estaba allí por casualidad; había sido camarero toda su vida y creía tener cierta intuición para estas cosas. No obstante, pensó que esa idea carecía de sentido.

El joven desabrochó su abrigo para tomar asiento en un taburete junto a la barra, se quitó los guantes y los dejó al lado de un cenicero junto a la carta de cocktails. En el classic no había prácticamente nadie: una pareja sentada en una mesa muy al fondo, el camarero y un tipo corpulento apoltronado en un taburete en el otro extremo de la barra.

—Su doble expreso caballero —el camarero le acercó también un azucarero.
—Gracias, muy amable.
—¿Desea alguna cosa más? Queda algo de bollería de esta mañana en buen estado.
—No, gracias.
—De veras, pida lo que quiera en cuanto a pastas que no se lo voy a cobrar. A estas horas tendré que tirarlo si no se lo come nadie y es una lástima.

Lo pensó una vez más, pero realmente no le apetecía nada.

—Es usted muy amable. Quizá después del café, pero ahora no, gracias.

Empezó a tomar su café, no le puso azúcar, sujetó la taza con ambas manos y se la acerco lentamente a los labios para que no llegase a quemarle, dio un pequeño sorbo, sopló y siguió tomando café muy despacio. El joven vestía de un modo elegante, parecía un ejecutivo de alguna empresa del centro de la ciudad, alguna especie de director comercial o corredor de bolsa. Los puños de su camisa eran de un blanco inmaculado al igual que el resto de su aspecto; atractivo, bien cuidado y con un ligero toque de gomina en un cabello negro que le daba un aire desenfadado y moderno.

Su planta contrastaba con el entorno del classic y con el resto de personas que estaban en él. Advirtió que ese bar quizá fue algo unos 20 ó 30 años atrás, cuando lo fundaron, pero ahora su estado era de una decadencia absoluta, pasado de moda y notablemente descuidado.

El tipo corpulento del otro extremo de la barra se le acercó con un whisky doble en la mano. A juzgar por su modo de andar no era el primer doble de la noche. Colocó su vaso al lado del cenicero, junto a los guantes de aquel joven y se sentó resoplando en un taburete cercano.

—Hola niño bonito. ¿No tendrás por casualidad un cigarro? —le preguntó.
—No, no tengo ningún cigarro para usted —respondió sin mirar a los ojos de aquel tipo.
—Vaya... el niño bonito no tiene un cigarro. Haces bien en no fumar. ¿Sabes? Dicen que es malo para la salud, pero yo creo que todo eso son sandeces.
—Rocco, deja en paz al caballero. ¿Quieres? —Le pidió el camarero al tipo, a la vez que el joven, con un gesto de su mano le indicaba que todo estaba bien.
—No te preocupes Fredo, no voy a comerme al niño bonito. Sólo quiero un cigarro y charlar con él —dirigiéndose de nuevo al joven—. ¿Verdad amigo? —preguntó.
—Lo siento señor, pero no somos amigos. —respondió mirando el café en el interior de su taza.
—¿No? ¡Vamos hombre! Sabes que me llamo Rocco y yo sé que tú eres un niño bonito. ¿Qué más presentaciones necesitas?

El joven seguía tomando su café sin alterarse ante la impertinente presencia de aquel extraño a su lado.

—¡Oh claro! —exclamó Rocco—. Tú debes ser de esos que necesita de una ceremonia exquisita para hacer amigos. A ti te gusta ser presentado de manera especial en medio de un campo de golf marcándote uno hoyos. ¿Verdad?
—Rocco, por favor... —insistió Fredo.
—Contigo no va nada. De modo que haz el favor de callarte y ¡sírveme otro doble!. ¿Quieres? —gritó Rocco a la vez que estampaba la palma de su mano sobre la barra. Nuevamente y cambiando el tono, volvió a dirigirse al joven—. No hagas caso de Fredo niño bonito, es un amargado y no le gusta que los demás hagamos amistades. A él le dejó su mujer y se llevó a sus hijos y desde entonces se muere de envidia cuando ve que un par de tipos como tú y yo nos llevamos bien.
—¡Rocco, me estás cansando! —insistió Fredo.
—¡Maldito estúpido! ¡Te he pedido que te calles de una vez y que me sirvas otro doble! —gritó Rocco.

La pareja de la mesa parecía ajena a lo que sucedía en la barra del bar y mantenían una conversación íntima y tranquila. De vez en cuando ella reía tímidamente, quizá su acompañante le explicaba algo gracioso o le hablaba de los planes que tenía esa noche para ambos. Fredo preparaba unos hielos en el interior de un vaso de tubo, se disponía a llenarlo de whisky y con cierta tensión miraba a Rocco y al joven. Desde que Rocco se vino abajo y empezó a beber que solía pedir tabaco a los clientes del classic, pero nunca les había sometido a ese acoso. Fredo pensaba que la actitud distante y de superioridad que estaba mostrando aquel muchacho calentaba poco a poco los ánimos de un borracho metido en un cuerpo de cerca de dos metros de alto y que podía llegar a ser violento si se daba el caso.

El joven se dirigió a Fredo:

—Cuando pueda me sirve un doble americano y me da uno de esos donut, por favor.
—Si, como no. Ya sabe que al donut le invita la casa. —Fredo dejó a medias el whisky para atender al muchacho. Colocó el donut en un plato sobre una servilleta de papel y le sirvió su doble americano.
—Gracias, es usted muy amable.
—¿Y tú? —le preguntó Rocco al joven—. ¿No vas a invitarme a nada?

El joven se giró despacio hacia Rocco, le miró por encima de su hombro, con sus ojos recorrió de arriba a bajo su aspecto, volvió lentamente la vista a su donut, le dio un bocado y mientras masticaba ponía una cucharada de azúcar en su doble americano.

Rocco acercó más su taburete para acortar distancias con el joven. Sin duda que ese desplante no le sentó nada bien, pero a pesar de su borrachera, Rocco sabía templar su ánimo.

—Mira niño bonito —le dijo, casi susurrándole—. Soy cliente de hace muchos años y no quiero poner a Fredo en una difícil situación, pero... no tienes tabaco para mi, no quieres que seamos amigos, y eso no está bien para alguien que viene por primera vez a esta parte de la ciudad. Vas a invitarme a este whisky ¿Verdad?
—Lo lamento señor —contestó el joven—, pero cada uno se paga sus vicios y sus mierdas, así que no pienso invitarle a nada.

Fredo intuía que algo no iba bien, pero no quiso acercarse a escuchar para no parecer indiscreto. Rocco estaba empezando a ponerse de los nervios.

—Mira hijo —prosiguió Rocco—. Tú no sabes con quien estás hablando. He pasado más tiempo entre rejas que el que tú llevas poniéndote gomina en el pelo. Sólo te he pedido que me pagues ese whisky y lo harás. ¿Verdad niño bonito?
—Le he dicho que no, así que no insista. —el joven terminó su donut y con delicadeza usó la servilleta de papel para limpiarse las yemas de los dedos. Siguió con su café americano e ignorando con la mirada a un Rocco que estaba llegando al extremo de su paciencia.
—¿Quieres seguir conservando ese aspecto? —insistió Rocco sin elevar el tono de voz—. Pues págame este puto whisky o tendré que quebrarte esas dos piernas que llevas metidas en tu Armani.

Sin mirarle, el joven sacó un paquete de Chester del bolsillo de su abrigo, cogió un cigarro de su interior y se lo encendió. También sacó su cartera de un bolsillo interior de su americana y se dispuso a pagar a Fredo.

—¡Maldito hijo de puta!. ¡Me dijiste que no tenías tabaco!. —dijo Rocco visiblemente indignado.
—No. Le dije que no tenía tabaco para usted. —aclaró el joven.

Rocco agarró del brazo al joven para evitar que pudiese guardar de nuevo su paquete de Chester en el bolsillo de su abrigo. El joven reaccionó de un modo nada habitual en un ejecutivo, un director comercial o un corredor de bolsa. Se libró con habilidad del brazo de Rocco, le cogió de la solapa de su abrigo y lo lanzó de cara a la barra. Fredo observó como aquel mequetrefe estaba jugando con Rocco como si se tratase de un muñeco. Estuvo a punto de intervenir, pero el joven ya había agarrado el cenicero negro de piedra que se hallaba cercano a sus guantes y estaba golpeando la cara de Rocco. Al tercer o cuarto golpe Fredo ya perdió la cuenta, pero aquel muchacho insistía una y otra vez hasta que el cuerpo de Rocco estuvo del todo desarbolado, se deslizó como deshaciéndose por la barra del bar y finalmente cayó al suelo. El joven se agachó y le murmuró algo al oído mientras Rocco mostraba en su rostro el esfuerzo en tratar de recordar un momento muy concreto de su pasado.

Fredo se quedó inmóvil contemplando la escena con su servilleta metida dentro de un vaso de tubo. La pareja del fondo se miraban el uno al otro y ambos a la vez miraban al joven que se levantaba de nuevo y a Rocco tendido en el suelo, ensangrentado y tosiendo con dificultad.

El joven se apretó la bufanda en torno al cuello, se abrochó el abrigo –todo con mucha tranquilidad- guardó su tabaco, el encendedor, depositó 20 pavos sobre la barra, se puso los guantes y tras una calada se dirigió a Fredo:

—Quédese con el cambio y muchas gracias.
—Si... no... no hay de qué. —respondió Fredo.

El joven se dio la vuelta y salió del classic. La pareja y Fredo se acercaron a Rocco para prestarle ayuda.

—Tranquilo Rocco. Iré a por alcohol y vendas. —dijo Fredo.
—Mierda. ¡Me he meado! —dijo Rocco—. Esta porquería de whisky que me sirves está destrozando a partes iguales mi hígado y mis riñones.
—No pienses más en eso —dijo Fredo—. Y vosotros —dirigiéndose a la pareja—. Llamar a una ambulancia, por favor.

1 comentario:

carlos de la parra dijo...

Agradable leer ésta aventura del secretario de educación pública.